Las grandes cuestiones de nuestro pasado cayeron en un profundo letargo, levemente desperezadas tan sólo con los escarceos de los Areilza y, ya en la década de los setenta, por los tientos puramente especulativos y, si se me permite, notablemente torpes, de escritores como Fernando Sánchez Dragó, Luis Racionero, Juan García Atienza y, más tarde, Juan Eslava Galán. Los dos primeros muy allegados a José María de Areilza, hasta que éste descubrió que eran unos simples diletantes. De ahí el que ninguno de los cuatro, a pesar de su interés por estos asuntos y del dinero que les ha procurado, haya llevado a cabo una labor de investigación histórica digna de tal nombre, habiéndose limitado a husmear en el arcón en donde se encerraban todos esos raros y olvidados libros del siglo XIX y de las primeras décadas del XX, en los que se encerraban los últimos vestigios de memoria respecto al ilustrísimo pasado prehistórico de la Península Ibérica. Vestigios con los que construyeron su pensamiento y sus obras, olvidándose sistemáticamente de citar las fuentes en las que bebían. Muy propio.
Y ya por último, merece mención aparte en este comentario un filólogo español fallecido en 1983, el basko Imanol Aguirre, por el que llevo rompiendo lanzas desde que supe de su existencia en 1987, convencido de que él había sido el primero en descubrir la primogenitura de la lengua baska. Toda mi obra está preñada de homenajes a este olvidado filólogo, a pesar de que no he bebido jamás en su obra y de que sus tesis filológicas llegaron a mi conocimiento a través de uno de sus hijos, cuatro años más tarde de que yo hubiese elaborado y publicado las mías propias, muy afines a las suyas en lo que se refiere a la primogenitura del euskera. Porque me cabe el enorme orgullo de haber construido todas mis tesis filológicas, antropológicas, arqueológicas y etnológicas antes de haber leído a todos los autores citados o a los que me dispongo a mencionar a continuación, en este caso a título de homenaje. Mi camino fue muy otro al de todos ellos y tuvo como única guía al sentido común. Éste ha sido mi único maestro y por éste me he guiado y sigo guiando desde que inicié mis investigaciones en el año 1984, tras dos años de estudios sobre otro de los grandes temas tabú de la etapa franquista: la España de Sefarad. Haber sabido comprender que el gentilicio Hebreo procedía del nombre del país del Hebro, fue la clave que me llevaría a descubrir que España = Iberia = Sefarad había sido la matriz de la Civilización y de la propia especie humana. Después, cuando ya había construido toda mi tesis y escrito multitud de libros respecto a ella, vino el paulatino descubrimiento de todos esos investigadores eméritos que he ido mencionando y a los que, de manera inmediata, me propuse rehabilitar. Y lo he conseguido. De varios de ellos nadie se acordaba ya y hoy empiezan a ser conocidos y reconocidos, y el último nombre de esa cada vez más extensa relación es, precisamente, el de Julio Cejador. Hace sólo dos meses, el 23 de Abril del año 2004, estando en Barcelona con ocasión de celebrarse mi santo y el Día del Libro, uno de mis lectores más queridos, Javier Zarzuelo, me regaló uno de sus libros fotocopiados. En ese día, pues, y veinte años después de que yo iniciase mis investigaciones, vine a descubrir que no habíamos sido ni Imanol Aguirre ni yo quienes habíamos sido los primeros en identificar a la lengua baska como la más vieja del planeta. Julio Cejador, bebiendo en toda una pléyade de pensadores europeos, se nos había adelantado en un montón de décadas. Imanol Aguirre, que construyó sus tesis a partir de las de Cejador, ocultó siempre este dato fundamental. Yo, a pesar de que no le debo absolutamente nada a este sabio aragonés, preferiría morirme antes que silenciar su nombre. Porque, aunque muchos parezcan no querer enterarse de ello, no existe sabiduría digna de tal nombre allí donde no existe, paralelamente, la honradez. Lo que hace que la historia de la evolución del conocimiento humano no se haya construido jamás sobre el endeble andamiaje de los engaños, de las ocultaciones o de las apropiaciones indebidas, sino sobre el sólido, inamovible y admirable cimiento de la bondad, de la honestidad y del amor a la Humanidad por encima de todas las cosas. Y mal puede amar a la Humanidad en su conjunto, quien buscando el medro de su vanidad ofende al propio concepto de humanidad al tratar de erigir el monumento de su mérito sobre el pedestal del mérito ajeno.
La historia de la Ciencia es la historia de la bondad mejor entendida; de la bondad de la renuncia, de la bondad del desprendimiento, de la bondad del sacrificio, de la bondad del sufrimiento… Y, también, de la bondad del empeño por contribuir a erigir el edificio del conocimiento, sobre la mayor de las renuncias que un ser humano pueda realizar: la de su propia vida.
Cejen, pues, todos los plagiadores en su sucio y estéril empeño. Porque de la lectura de las páginas precedentes se desprende que ningún plagio acaba quedando impune y que, aunque a veces tengan que transcurrir siglos para ello, la verdad termina imponiéndose siempre sobre el engaño. Quede aquí claramente expresado mi desprecio hacia quienes construyen su medro valiéndose del mérito ajeno. Quede aquí claramente reflejado mi propósito de desenmascarar a quienes, huérfanos de talento, usurpan el ajeno para enjalbegar la fachada de su grisácea y patética mediocridad.
Y ya por último, merece mención aparte en este comentario un filólogo español fallecido en 1983, el basko Imanol Aguirre, por el que llevo rompiendo lanzas desde que supe de su existencia en 1987, convencido de que él había sido el primero en descubrir la primogenitura de la lengua baska. Toda mi obra está preñada de homenajes a este olvidado filólogo, a pesar de que no he bebido jamás en su obra y de que sus tesis filológicas llegaron a mi conocimiento a través de uno de sus hijos, cuatro años más tarde de que yo hubiese elaborado y publicado las mías propias, muy afines a las suyas en lo que se refiere a la primogenitura del euskera. Porque me cabe el enorme orgullo de haber construido todas mis tesis filológicas, antropológicas, arqueológicas y etnológicas antes de haber leído a todos los autores citados o a los que me dispongo a mencionar a continuación, en este caso a título de homenaje. Mi camino fue muy otro al de todos ellos y tuvo como única guía al sentido común. Éste ha sido mi único maestro y por éste me he guiado y sigo guiando desde que inicié mis investigaciones en el año 1984, tras dos años de estudios sobre otro de los grandes temas tabú de la etapa franquista: la España de Sefarad. Haber sabido comprender que el gentilicio Hebreo procedía del nombre del país del Hebro, fue la clave que me llevaría a descubrir que España = Iberia = Sefarad había sido la matriz de la Civilización y de la propia especie humana. Después, cuando ya había construido toda mi tesis y escrito multitud de libros respecto a ella, vino el paulatino descubrimiento de todos esos investigadores eméritos que he ido mencionando y a los que, de manera inmediata, me propuse rehabilitar. Y lo he conseguido. De varios de ellos nadie se acordaba ya y hoy empiezan a ser conocidos y reconocidos, y el último nombre de esa cada vez más extensa relación es, precisamente, el de Julio Cejador. Hace sólo dos meses, el 23 de Abril del año 2004, estando en Barcelona con ocasión de celebrarse mi santo y el Día del Libro, uno de mis lectores más queridos, Javier Zarzuelo, me regaló uno de sus libros fotocopiados. En ese día, pues, y veinte años después de que yo iniciase mis investigaciones, vine a descubrir que no habíamos sido ni Imanol Aguirre ni yo quienes habíamos sido los primeros en identificar a la lengua baska como la más vieja del planeta. Julio Cejador, bebiendo en toda una pléyade de pensadores europeos, se nos había adelantado en un montón de décadas. Imanol Aguirre, que construyó sus tesis a partir de las de Cejador, ocultó siempre este dato fundamental. Yo, a pesar de que no le debo absolutamente nada a este sabio aragonés, preferiría morirme antes que silenciar su nombre. Porque, aunque muchos parezcan no querer enterarse de ello, no existe sabiduría digna de tal nombre allí donde no existe, paralelamente, la honradez. Lo que hace que la historia de la evolución del conocimiento humano no se haya construido jamás sobre el endeble andamiaje de los engaños, de las ocultaciones o de las apropiaciones indebidas, sino sobre el sólido, inamovible y admirable cimiento de la bondad, de la honestidad y del amor a la Humanidad por encima de todas las cosas. Y mal puede amar a la Humanidad en su conjunto, quien buscando el medro de su vanidad ofende al propio concepto de humanidad al tratar de erigir el monumento de su mérito sobre el pedestal del mérito ajeno.
La historia de la Ciencia es la historia de la bondad mejor entendida; de la bondad de la renuncia, de la bondad del desprendimiento, de la bondad del sacrificio, de la bondad del sufrimiento… Y, también, de la bondad del empeño por contribuir a erigir el edificio del conocimiento, sobre la mayor de las renuncias que un ser humano pueda realizar: la de su propia vida.
Cejen, pues, todos los plagiadores en su sucio y estéril empeño. Porque de la lectura de las páginas precedentes se desprende que ningún plagio acaba quedando impune y que, aunque a veces tengan que transcurrir siglos para ello, la verdad termina imponiéndose siempre sobre el engaño. Quede aquí claramente expresado mi desprecio hacia quienes construyen su medro valiéndose del mérito ajeno. Quede aquí claramente reflejado mi propósito de desenmascarar a quienes, huérfanos de talento, usurpan el ajeno para enjalbegar la fachada de su grisácea y patética mediocridad.
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