Paso a paso, pues, y con la ayuda de mis lectores más asiduos y allegados, integrados hasta hoy en el
Círculo Europeo de Hiberistas y, desde hoy, en la
Fundación de Occidente, he ido reconstruyendo el verdadero drama conocido por varios investigadores españoles o que se ocuparon del pasado de España y a los que les cupo el mismo infortunio que al descubridor de las
Cuevas de Altamira,
Marcelino Sanz de Sautuola. Calumniado, infamado e insultado por todos sus colegas españoles y europeos que le acusaban de ser el autor de las pinturas que decía haber descubierto, murió de pena y de indignación al cabo de no muchos años de efectuar su descubrimiento en 1868. Sólo un catalán,
Joan Vilanova i Piera, creyó en la honestidad de Sautuola y le brindó todo su apoyo. Algo parecido, aunque hasta hoy totalmente desconocido, es lo que le sucedió a un filólogo aragonés,
Julio Cejador y Frauca, que conocedor de las obras de los sabios alemanes y franceses del siglo XIX que defendían el origen común del lenguaje y del linaje humano y que postulaban al
euskera como la más antigua de las lenguas, supo comprender genialmente que
el nacimiento del lenguaje y de la escritura se había producido en el Norte de España, habiéndose proyectado a todo el mundo desde su primer solar a orillas del Cantábrico. Julio Cejador (1864-1927) que, por haber ingresado muy joven en la
Compañía de Jesús pudo disponer de todos los medios imaginables para consagrarse en condiciones óptimas a su labor de investigación lingüística, llegó a gozar de extraordinario renombre en el mundo intelectual español de finales del siglo XIX y principios del XX, valorándose sobremanera sus trabajos sobre Gramática y Literatura. Pero su estrella empezó a nublarse, hasta apagarse por completo, en el momento en que, siguiendo los pasos de
Humboldt, de
Bonaparte y de otros lingüistas europeos, empezó a defender sin ambages que
la lengua baska era la más antigua del planeta y que todas las lenguas del mundo tienen obvios vínculos con ella.
La intelectualidad española no podía tolerar una
herejía semejante que, por otra parte, hacía tambalear todos los dogmas imperantes en la época en relación con el nacimiento de las lenguas, de la civilización y de las primeras
religiones en el Mediterráneo oriental, y a partir de ahí se inició un calvario para Cejador que habría de llevarle a abandonar la
Compañía de Jesús y a vivir absolutamente marginado los últimos años de su vida, presa de una profunda tristeza que describe magistralmente en uno de sus libros, escrito unos meses antes de producirse su muerte. Cejador, como cualquiera que realiza un gran descubrimiento, era consciente de que su trabajo suponía un paso de gigante para el estudio de los orígenes del lenguaje y, sin embargo, el pago que recibió por tan extraordinaria aportación fue el silencio, el vacío, el desprecio… y el olvido. Y no se pudo o supo revolver contra todos aquellos hombres ilustres, algunos de ellos antiguos alumnos suyos, que se aprovecharon con el mayor descaro de su obra y que, en
justa correspondencia, le ignoraron por completo. Tomaron de él cuanto les plugo…,
y se olvidaron de mencionar su nombre. Lo típico. Lo habitual. Lo corriente en un país como España en el que la honestidad intelectual brilla por su ausencia, practicada solamente por cuatro idealistas que prefieren seguir siendo nadie, antes que conseguir ser alguien a fuerza de pisotear y de auparse sobre los cadáveres de los demás.
Y así resulta que la idea más brillante que yo le conocía al afamadísimo
don José Ortega y Gasset, es un plagio vergonzoso de las tesis de
Cejador y de otros sabios europeos en estrecha sintonía con él… Así resulta que
lo único inteligente que yo he leído en la obra del eminentísimo
don Ramón Menéndez Pidal, considerado hasta aquí como el mayor filólogo español de todos los tiempos, es otro plagio repugnante de las tesis del propio
Julio Cejador… Así resulta que
don Américo Castro y
don Claudio Sánchez Albornoz, bebieron también, cuanto les convino, en las fuentes de
Cejador. Exactamente lo mismo que hizo el
teósofo Mario Roso de Luna, aunque en este caso no me consta si reconoció u ocultó esa deuda en su obra. Me gustaría pensar que Roso de Luna -hombre de extraordinaria talla intelectual- fue mucho más honesto que los
personajes que he citado anteriormente. ¿Y qué decir de
don Miguel de Unamuno, excelente poeta, buen escritor, pensador mediocre y
nefasto filólogo que siendo
basko y catedrático de lengua
griega, ni se enteró siquiera de que la lengua baska es el
precedente indiscutible de la lengua helénica…? Y eso que, como todos los miembros de la
Generación del 98 y todos los Españoles cultos de su época, sabía perfectamente de la obra de Cejador y, sin la menor duda, había leído sus tesis respecto a la filiación baska de la lengua de la que Unamuno era orondo profesor en la Universidad de Salamanca. Orondo e ignorante, porque ¿cómo se puede enseñar la lengua griega desconociendo que es un calco moderno de la baska?
El autor con Areilza |
También
Antonio Cánovas del Castillo parece haberse visto influido por la obra de
Cejador, aunque tampoco me consta si lo llegó a reconocer o no. La misma duda que me cabe respecto a
Joaquín Costa, paisano de Cejador y hacia el que quiero pensar que mostró admiración y respeto. E ignoro si discípulo pero seguro que lector ferviente de ese gran
jesuita que a pesar de haber honrado a la
Compañía más que todos sus coetáneos, se vio obligado a abandonarla, lo fue sin la menor duda el
Doctor Areilza, bizkaíno extraordinariamente lúcido e inquieto de quien heredaría su gran talla intelectual y su pasión por el pasado remoto de España, mi ilustre y brillante amigo y mecenas
José María de Areilza.
Pero toda aquella fecunda
siembra no sirvió para nada. Las tesis de
Cejador y las de todos los sabios europeos que compartían ideas semejantes en relación con el sobresaliente papel desempeñado por la
Península Ibérica en la génesis de la Civilización, iban a caer en el más hermético de los olvidos durante más de medio siglo, como consecuencia de la
Guerra Civil y de la culturalmente
nefanda etapa de gobierno del general Franco. La Iglesia Católica jamás vio con buenos ojos todas esas tesis históricas que ponían en entredicho la verdad de lo contenido en los
libros sagrados y el
Caudillo, dócil siempre a la doctrina del Vaticano, convirtió España en un erial por lo que a la evolución del pensamiento y del conocimiento se refiere.