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The hidden history of humanity.Impostors/Jews(Rev. 2:9)deceived the world and DNA confirmed it

BarcelonaAtlantis

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El hecho de que los seres humanos hayamos vivido siempre bajo la amenaza de esa suerte de "espada de Damocles" que constituye el temor a la destrucción de nuestro mundo, tiene muchísimo que ver con la circunstancia de que nuestros ancestros conocieran, en un tiempo remoto, el aniquilamiento de su mundo respectivo, viéndose exterminados muchos de ellos y forzados los supervivientes a establecerse en otros "mundos'" vecinos que les eran totalmente extraños. En otros "mundos"... o en otros "montes", desde el momento en que uno y otro término fueron, en su origen, absolutamente afines.


El mundo primigenio, el Paraíso, feneció, y la memoria de aquella catástrofe, debió quedar plasmada en un "libro" cuya confección parece haberse realizado en el ámbito de ese mismo mundo supuestamente perdido. Los primeros "ejemplares" de aquel texto, debieron imprimirse sobre piedras, supuesto que para entonces, no se hubiera generalizado ya entre nuestros antepasados, la costumbre de utilizar las Cortezas de los árboles -precedentes de los papiros para estos menesteres "literarios".

Sin embargo, y como ha sucedido con la Biblia y con casi todos los textos históricos de verdadera importancia, aquel libro eximio sobre la destrucción del Paraíso o de la Atlántida, ha debido ser objeto de multitud de copias escritas por "cronistas" posteriores, que fueron adaptando su contenido a la idiosincrasia y a la mentalidad de las épocas en las que tales transcripciones fueron gestándose.



La prueba de que las cosas no han debido suceder de forma muy distinta a como venimos suponiendo, la tenemos en el hecho de que el libro del Apocalipsis haya tenido escasísimo arraigo entre los pueblos de Oriente, varios de los cuales han cuestionado, reiteradamente, su autenticidad misma. No ha sucedido así, por el contrario, en Occidente, en donde este venerable y remotísimo texto ha gozado de un predicamento que supera con creces al que hayan podido merecer la propia Biblia y los Evangelios




Parece, pues, fuera de toda duda, que el Apocalipsis ha sido un libro español por antonomasia. O quizá deberíamos decir mejor, que ha sido el libro español por antonomasia. ¿Habría tenido tal arraigo entre nosotros, de no ser porque, efectivamente, recogía noticias y testimonios estrechamente vinculados a nuestro pasado?

No es casualidad que sea precisamente en España en donde se conservan los más importantes y valiosos manuscritos del Apocalipsis que existen en el mundo, como no es casualidad que sea igualmente el norte de España, la única zona del planeta en la que el recuerdo del fin del mundo primigenio, de la destrucción de la Atlántida, ha dejado una huella iconográfica imborrable.



Siendo como fue el denominado "Diluvio Universal", el responsable de la destrucción del Paraíso y de la Atlántida, ¿no resulta significativo que un arca de Noé aparezca, bellísimamente reproducida, entre las ilustraciones de los Beatos españoles? Si nos atenemos a la interpretación tradicional del libro del Apocalipsis, ¿qué tiene que ver el fin de nuestro planeta, de nuestro mundo, con unos sucesos como los del Diluvio que pertenecen a los más remotos estadios de la Humanidad?


 

BarcelonaAtlantis

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Si Noé aparece en las ilustraciones de los Apocalipsis españoles, no es por licencia arbitraria y gratuita de los autores de esas joyas bibliográficas que llamamos "Beatos", sino porque la leyenda del patriarca forma parte indisociable del conjunto de acontecimientos que precedieron y siguieron a la destrucción del Edén.





En algunas de las ilustraciones de los Beatos, vemos cómo los ángeles, actuando como meros instrumentos de la voluntad divina, lanzan la tempestad sobre la Tierra, ocasionando una terrible mortandad que aquellos excepcionales artistas medievales representan, mediante el dibujo de un buen número de hombres y de animales flotando o sumergidos bajo las aguas.





Más aún. En los propios Beatos, vemos reiteradamente reproducidos, esos tres montes principales o "continentes" que configuraban el mundo originario y cuyos tres nombres, que conocemos merced al testimonio de Teopompo de Chios, eran precisamente "Europa", "Libia" y "Asia". La coincidencia es impresionante y no tiene nada de casual, como vamos a conocer en seguida. Antes, sin embargo, merece la pena que destaquemos el hecho de que los tres montes o continentes en cuestión, sean representados - en los Beatos, antes y después del Diluvio. Antes de él, se nos muestran atestados de gente, extremo este que mal podría sorprendemos, cuando conocemos el problema de superpoblación que padeció el mundo primigenio. Fenómeno inevitable cuando se mantiene confinada a una especie determinada, en un espacio geográfico limitado.





Pues bien, después del Diluvio, las tres montañas antedichas aparecen desiertas y anegadas, además, por las aguas,
hasta una altura considerable.

Pero en la devastación de la Atlántida, confluyen, por lo menos, dos calamidades: un diluvio -que los Beatos registran reiteradamente, como decíamos - y un terrible seísmo que "desgajó" la cumbre del Paraíso, aquella Acrópolis en la que, como veremos, moraban los descendientes de Set, antepasados de los atenienses. Antepasados que perecerían en su casi totalidad, como reconoce Platón en sus Diálogos, fiel al testimonio de los egipcios.





No les pasó inadvertido a los autores de los Beatos, el detalle preciso respecto al desmoronamiento o "argayo" de la cumbre del Paraíso o del Atica, y ahí está, en una de sus ilustraciones y como cortada de cuajo, la cumbre de una montaña desplomándose íntegra sobre las tierras de su entorno y sobre sus pobladores. Entre estos últimos debieron encontrarse, sin duda, los míticos diez reyes de la Atlántida que, como viéramos en "La España olvidada", tan relevante papel desempeñan en la iconografía románica del norte de España y, sobre todo, en la de esa genealogía de la Corona de Castilla que aparece genialmente labrada en la portada del antiguo Colegio de San Gregorio de Valladolid.

Tampoco los diez reyes atlantes han sido omitidos en las ilustraciones de los Beatos, apareciendo pintados en los mismos, con atributos que no ofrecen lugar a dudas respecto a su condición regia.

Ningún detalle parece habérseles pasado por alto a aquellos prodigiosos miniaturistas medievales españoles, ni siquiera la representación cartográfica de aquel mundo, de cuya ruina estaban ofreciendo testimonio con sus pinturas.

La prueba rotunda de que existió un mundo previo al nuestro, cuya situación e idiosincrasia geográfica nada tenía que ver con las del mundo actual, nos la ofrecen las diversas versiones cartográficas de la Tierra originaria que encontramos entre los Beatos. La más importante y valiosa de todas ellas -fechada en el año 1086- es la que se conserva en la catedral del Burgo de Osma, y no tardará en llegar el día en que se conceptúe a esta obra, como a todos los Beatos en general, como uno de los más preciosos patrimonios de la Humanidad.

En todos esos sorprendentes mapas, que reproducen un modelo común, se observa cómo los tres "continentes" originarios -Asia, Europa y Libia- se encuentran situados, respectivamente, al norte, al suroeste y al sudeste, sin guardar relación alguna, por consiguiente, con la ubicación actual de todos ellos.
 

BarcelonaAtlantis

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La Tierra primigenia aparece reproducida en los Beatos como una isla circular, regada por varios ríos principales que sirven de "fronteras" entre las tres regiones o "continentes" que la configuran. No existe, aparte de ellos, ningún tipo de divisoria entre las distintas naciones, por lo mismo que no guarda relación alguna la fisonomía de éstas con sus rasgos geográficos actuales. Grecia, Italia, Galia, Germania y "Spania" acaparan entre ellas el espacio geográfico europeo, confundidas unas con otras en el seno de ese ámbito común.

Aparte de las efigies de seis de los doce apóstoles, completan el espacio europeo en este supuesto "mapa mundi" del Apocalipsis del Burgo de Osma, las siluetas de cuatro catedrales y la de un faro. Por lo que se refiere a los templos, destaca con ventaja por sus dimensiones, el de Santiago, correspondiendo los otros tres a Constantinopla, Roma y Toledo. En cuanto al faro, no es preciso decido, es el gallego Faro de Hércules, al que vamos a referimos también en estas páginas.





Amén de las cuatro iglesias europeas, el autor del Beato del Burgo de Osma pinta otros dos grandes templos en Troya y en Antioquia, olvidándose por completo de Jerusalén y de otras importantes poblaciones asiáticas. Lo que quiere decir que dos de las seis iglesias que aparecen destacadas como las más importantes del orbe, son ibericas, siendo la mayor de todas, como decíamos, la de Compostela. Una evidencia más, de que fue Compostela -y no Roma ni Jerusalén- el verdadero núcleo espiritual del mundo antiguo, antes e incluso después del Imperio Romano.




Podría aducirse que semejante forma de reproducir el mundo no tenía nada que ver con el recuerdo del mundo primigenio y sí, por el contrario, con el hecho de que aquellos miniaturistas medievales españoles, no tuvieran la más leve noción respecto a cuál era y es el diseño geográfico de nuestro planeta. Tal hipótesis carece, sin embargo, de toda virtualidad, cuando nada menos que en el siglo II de nuestra era, Ptolomeo había elaborado un Atlas del mundo antiguo, en el que todas y cada una de las naciones asiáticas, europeas y africanas, aparecen minuciosa y rigurosamente descritas y dibujadas. Inútil decir, a la vista de la magna obra acometida y de la imposibilidad material de realizada en un mundo como el del principio de nuestra era, que Ptolomeo debió limitarse a compendiar o calcar otras cartas geográficas previas, que sin duda debían circular por el mundo antiguo desde que determinados pueblos protohistóricos se enseñoreasen del Mediterráneo y de todos los países de su entorno.




Habiendo sido el Atlas de Ptolomeo (o el modelo en el que éste se inspirase) el punto de referencia de toda la cartografía que se ha gestado en el mundo, parece claro que si los miniaturistas se decantaron en sus" mapa mundi" por la versión insular y "reducida" del planeta, no es porque no supieran representarlo de otra forma, sino simplemente porque deseaban mantenerse fieles a una corriente cartográfica ajena totalmente a la visión moderna y realista del mundo adoptada por Ptolomeo. Dicho con otras palabras, a lo largo del primer milenio de nuestra era, coexistieron dos tradiciones cartográficas contrapuestas: la una, moderna, representaba el mundo tal cual es; la otra, arcaica, seguía representando el mundo como había sido antes de que el Apocalipsis del mundo primigenio, consumara la escisión y dispersión de todos los seres humanos.

De ahí el que los autores de los Beatos, que bebían en fuentes españolísimas, a la hora de describir con sus pinceles la idiosincrasia del Paraíso y los pormenores de su destrucción, no incurran en el despropósito de identificar ese mundo perdido con el mundo moderno y se decanten por la representación del mundo "a la antigua usanza". Una representación que conocían bien, por ser "moneda corriente" entre los bascos. No en vano era la plasmación de su primer mundo.



Así se comprende que sea precisamente en Iberia en donde se han conservado las representaciones más valiosas, elaboradas y precisas de la Tierra primitiva que existen en el mundo.


Si el sentido del libro del Apocalipsis no fuera el que venimos describiendo, ¿qué lógica tendría que las ilustraciones hispanas del libro sagrado incluyeran una reproducción cartográfica del mundo, máxime cuando se trata de un mundo que no tiene nada que ver con el actual y muchísimo menos aún con el futuro?

¿Qué tienen que ver estos sorprendentes mapas, con la profética destrucción del mundo contemporáneo que, tal y como se viene dando por sentado, constituye la esencia del libro con el que, significativamente, se cierra la Biblia?

El significado del término griego "apocalipsis" es revelación. Sin embargo, ni éste es el valor originario de esta palabra, como vamos a ver en seguida, ni mucho menos alude a esa supuesta revelación recibida por San Juan, en relación con el fin de nuestro mundo.

La revelación a la que alude el significado griego de este término, tiene un sentido mucho más arcaico y entronca, precisamente, con la revelación con que supuestamente fuera distinguido Noé (por otros nombres "Jan o" o "Jauna")
con anterioridad al desencadenamiento del Diluvio Universal o "Apocalipsis". No se pierda de vista que fue precisamente "Calión" (Deu Calión) el nombre griego de Noé, así como que en el término "apocalipsis" se han fundido dos palabras distintas: "apo" y "calipto". El elocuente significado de esta última voz es, precisamente, ocultarse, desaparecer. Dos valores que entroncan con el vasco "kalitu", matar y que nos ayudan a reconstruir la verdadera identidad de este término fundamental. (1)





"Apo Calipto" o "Apo Calipsis" significa sencillamente: el fin, la destrucción o la expulsión de Calipso. Léase del
Paraíso. O de la Atlántida. De aquella isla Ogigia o Calipso en la que recalase Ulises y cuyo trágico fin ha quedado tan fielmente reflejado en el griego "kalipto" y en el vasco "kalitu".

Cuando sabemos que las "Columnas" de Hércules fueron identificadas con el Paraíso o, si se prefiere, con la isla de Calipso, no puede sorprendemos en absoluto el que los antiguos bascos conocieran a aquellas "columnas" o "piedrones enhiestos" (Florián de Ocampo) con el nombre de calepas, tan afín a Calipso. De hecho, el nombre de una de aquellas míticas "columnas", era precisamente Calpe, derivado de Calepe o Calipe.


Pero no termina todo aquí, porque de ese "Calipe" o "Calpe" se derivaría "Carpe" y el nombre de "Carpetanos" que algunos autores documentan otorgó Túbal a los primeros pobladores de Iberia, moradores de las riberas del Ebro.

Antepasados de aquellos bascos "Calipes" o "Carpes", fueron los míticos "cálibes" a los que se atribuye la muerte de Polifemo y a los que Justino localiza en tierras de la Península Ibérica...

La isla Calipso, la isla Atlántida, contiene en su propio nombre una de las claves principales que pueden llevarnos a desvelar el enigma del continente "desaparecido". Nótese, en efecto, que "calipto" no significa hundirse, sumergirse, ni nada parecido. "Calipto" se traduce, simplemente, por velar, ocultarse, cubrirse...



Así nacería el término "eclipse" (originariamente "ecalipse"), referido no a la desaparición de un astro, sino a su ocultamiento.

Y es que la isla Calipso, por otros nombres "Asteria" o "Estrella", se había "esfumado", se había eclipsado como por ensalmo, ya que no físicamente, sí por lo menos en la imaginación y en la memoria de los seres humanos que moraron en ella y que lograron sobrevivir a su hecatombe, a su apocalíptica destrucción.

"Apocalipsis": el fin de Calipso. Simplemente.


"Calipso": la oculta, la velada.


Todavía lo está, cuando han transcurrido varias decenas de miles de años de su apocalipsis.


Eneko es un nombre basco...

HOpc36JWUAAp37a[1].jpg
Lilit, como lilas, significa Flora..
 
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